Donde termina el ego y empieza la identidad Transpersonal.

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gato leon

 

Etimológicamente la palabra Transpersonal está formado por el prefijo Trans- que significa “más allá”o “a través de”, y por el sufijo personal que proviene de la lengua griega clásica y que significa máscara. Por tanto Transpersonal significaría “más allá o a través de la máscara”. Esa máscara, a la que alude este término, es lo que Sigmund Freud llamó ego que en latín significaba yo. Ese “yo” es aquello con lo que nos identificamos, cada uno de nosotros es un “yo” que define los límites según lo que “lo otro” (o “no-yo”) es. Es así una limitación de la identidad en respecto a las demás entidades y seres que pueblan el universo. Las cuestiones que me ocupan en este artículo son: ¿hasta qué punto es ese yo real? ¿Somos esa máscara que constituye nuestra conciencia de identidad? ¿Existe una identidad más allá de ese ego?

Cuando nacemos, nuestra identidad mental no está delimitada y no podemos ser conscientes de quienes somos y de que es lo que no somos. Existe un estado de fusión total con nuestros sentidos y experiencias del mundo, con el todo. Nuestra madre es el foco principal, de atención, ya que de ella surgimos y es (o debería ser) la fuente de aquello que necesitamos: Amor incondicional, aceptación total, cuidado, sostén y alimento. De ella (de la madre) principalmente provienen, también, nuestros estímulos, tanto sensitivos como emotivos. No existe aún una elaboración mental, viviendo un presente continuo, sin memoria de un pasado y sin más expectativas de futuro que continuar vivos, simplemente somos. Es a partir de ese momento donde con nuestra experiencia, vivida a través de la relación con la madre al principio, y más tarde con el padre y el entorno sensitivo vamos construyendo una memoria de aprendizaje y una idea de identidad.

Poco a poco, mediante la relación con el mundo, construimos una conciencia mental, física y emocional que delimita una experiencia interna de unidad con el todo, nos vamos separando del estado unitivo mediante la auto-definición inducida por la respuesta del entorno hacia nosotros.

Es en esos primeros años cuando se va creando la “máscara”, una personalidad que tiene como finalidad el recibir aquello que necesitamos: amor, aceptación, cuidado; y rechazar aquello que nos produce dolor: el rechazo, el abandono y la falta de cuidado. Vamos aprendiendo que cuando hacemos según qué comportamientos o tomamos algunas actitudes o bien somos amados y recompensados con atención y cariño, o bien somos rechazados y/o castigados. Dependiendo de la calidad de ese amor, atención y aceptación, el ego que se crea es más o menos sano o enfermo, podría decirse que la “máscara” es más opaca o más transparente.

A medida que crecemos, y paralelo a nuestro aprendizaje social, mental y conductual, vamos refinando mediante estrategias, esa “máscara”, el ego, condicionado por esa necesidad de amor, cuidado y aceptación, que nos ha sido dado o no. Dependerá también si cumplimos o encajamos en las expectativas de los demás, principalmente de nuestros padres, pero también de nuestros compañeros, maestros, familiares y, en general, de la sociedad. Una sociedad más sana permitirá un desarrollo de un ego más transparente y liviano, y una sociedad con más conflictos promoverá un ego más opaco y pesado.

El ego, lo que creemos que somos, finalmente viene definido por la respuesta del otro, en una búsqueda infinita de aceptación, amor y cuidado de nuestras necesidades físicas más básicas, mostrando una “máscara” de aceptación y aparente felicidad cuando las recibimos y una “máscara” de rechazo, dolor, ira, tristeza o aislamiento cuando no lo hacemos.

La dependencia de la madre, del padre, y del entorno, que es inevitable en los primeros años de vida, se convierte, al no ser satisfecha correctamente, en una dependencia de por vida, proyectando esas necesidades básicas del niño dependiente, hacia todos y hacia todo. Olvidamos nuestra verdadera identidad como potencial único a desarrollar, como vida y conciencia que somos y vivimos (más o menos) identificados con el ego, la “máscara”, o sea con un conglomerado de ideas, modelos, recuerdos, emociones, experiencias, exigencias, deseos y frustraciones.

Nuestra verdadera identidad, lo que somos, es ese potencial de vida que se expresa en cada momento y que está unido a todas las demás cosas vivas, a todo el universo, puesto que somos el mismo universo expresándose a través de una forma física, de una manera única en cada ser y en cada instante. Vivir con la consciencia de que somos ese universo de conciencia, de vida y de amor expresado es vivir con una identidad Transpersonal. Solo algunos seres logran vivir permanentemente en esa consciencia más allá de la “máscara”, son aquellos a los que se ha llamado iluminados, santos, avatares,…. La identidad de los que intentan vivir en esa consciencia pero regresan a la identificación con “la máscara”, son aquellos que han iniciado (o ha sido iniciados en) un camino de retorno a su auténtico ser, ese camino se ha venido a llamar camino espiritual, de crecimiento interior, de evolución consciente o de expresión del potencial humano.

Jordi Àlvarez: Psicoterapeuta Transpersonal. Barcelona, Julio 2015

http://edyct.eu/ego-transpersonal-2/

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