La construcción del robot humano: Neoliberalismo, neurociencias y materialismo.

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cerebro robot

Desde hace ya una década, una crisis mundial empezó a hacer tambalear la ideología del consumismo infinito. Toda la sociedad humana de Occidente y parte de la Oriente se enfrentó a una crisis de sentido al encontrarse con un límite y un retroceso de la economía que comportó su equivalente en el proyecto social. Esta crisis de sentido impulsó un cambio de pensamiento con una apertura mayor, por parte de grandes segmentos de la sociedad, hacia la espiritualidad en sus más variadas formas y hacia las escuelas que planteaban una solución interior al sufrimiento y una visión no materialista de la vida. Proliferaron así todo tipo de propuestas espirituales y terapéuticas: Yoga, terapia Gestalt, Bioenergética, meditación Budista, Mindfulness, encuentros chamánicos, reiki, etc, que ofrecían un nuevo sentido a la propia existencia. Esta nueva fase de “ampliación de la conciencia” favoreció a su vez que ciertas técnicas psicoterapéuticas que habían sido desdeñadas o incluso prohibidas fueran aceptadas de nuevo y se iniciaran investigaciones muy prometedoras. Ejemplos de estas investigaciones fueron la implementación de reiki en los hospitales públicos, la introducción de la meditación, o la educación emocional, en las escuelas o el reinicio de la psicoterapia asistida con psicodélicos para personas que sufren PSTD o enfermos terminales. A nivel popular se pudo observar cómo hasta las personas más escépticas o con una educación más clásica empezaron a interesarse por todo tipo de terapias alternativas al sistema público y privado de medicina y por propuestas de tipo espiritual al margen de las religiones y escuelas de pensamiento establecidas.

A nivel socio-económico esto representó un descenso de los pacientes en las consultas médicas (especialmente en psiquiatría) y de los feligreses en las diferentes iglesias. Empezaron a oírse voces críticas contra la industria farmacéutica, acusada de actuar inmoralmente, con un interés centrado en vender nuevos medicamentos por encima del interés en la salud. También aparecieron quejas y protestas anexas respecto al sobrediagnóstico, especialmente en la salud mental, con aparentes epidemias de TDAH, trastorno bipolar, depresión o ansiedad. En general se empezaron a respirar unos aires que recordaban al fenómeno que en los años 60-70 se dio en llamar contracultura, con la aparición de organizaciones alternativas al sistema establecido en ámbitos tan dispares como la alimentación, la educación, la política, la estructura familiar, el sexo o la vivienda.

Sin duda una situación como la que se estaba empezando a gestar debió preocupar a los grandes intereses económicos (recordemos que las multinacionales farmacéuticas son uno de los tres grandes negocios en volumen del planeta y las religiones establecidas son una de las herramientas de control social más importantes) y políticos. Su contraataque se ha hecho esperar, pero cuando ha llegado se ha desarrollado de una manera muy inteligente y coordinada en todos los frentes, dando lugar al surgimiento de una ideología de cariz autoritario que contempla a los seres humanos como elementos a utilizar o desechar según los intereses económicos.

Este nuevo materialismo niega la dimensión espiritual del ser humano y de la vida, y se afirma a sí misma en un racionalismo ateo exacerbado y agresivo. En la era de la posverdad, su herramienta principal es la desinformación y la propaganda, siempre bajo el paraguas de una ciencia supuestamente basada en la evidencia. Se propone una visión reduccionista del fenómeno humano a los elementos más biológicos y superficiales de su conducta, cuantificable y manipulable mediante la administración de psicofármacos. Un paso más allá del “Mundo feliz” preconizado por Huxley, la tecnología se ha convertido en el máximo exponente para el control y la alienación.

Esta ideología materialista y cientifista se ha extendido a todos los ámbitos de discusión sobre la conciencia o la psique humana. Las hipótesis que plantea respecto a la realidad de la conciencia como un subproducto accidental de los procesos cerebrales comportan, a nivel práctico, un cambio radical en la situación actual de la salud mental, la educación, la espiritualidad, la medicina y la misma estructura de la sociedad, apoyándose y justificándose en una novedosa tecnología, el neuroescáner, que pretende ser la única vía para el estudio de la mente humana, y en la nueva ciencia que ha creado, la neurociencia, como poseedora de una verdad física y única.

En la salud mental esta nueva visión supone un cambio de dirección en el diagnóstico, el tratamiento y la situación de las personas que puedan sufrir problemas mentales. Si la mente y la conciencia son subproductos del funcionamiento cerebral, y están condicionados físicamente por una genética que configura el cerebro, todo problema mental es un problema físico y, como tal, puede y debe ser tratado físicamente, mediante medicación o reeducación conductual, siguiendo rígidos protocolos que, en un futuro, podrán ser aplicados, no ya por terapeutas o profesionales de la salud mental, sino mediante programas de ordenador y otros cachibaches cibernéticos.

Lo más preocupante son las propuestas de ley que se han presentado ya en algunos países, como España o Argentina, por partidos políticos de la derecha, populista y ultraliberal, que ilegalizarían toda aquella práctica de salud, o incluso espiritual, que no estuviera fundamentada en la verdad única de la ciencia basada en la evidencia. En estas propuestas de ley se propone perseguir y castigar la práctica de disciplinas tan variadas como el psicoanálisis, la bioenergética, la psicoterapia Junguiana, la terapia Gestalt, el reiki, la PNL, la terapia regresiva y una lista interminable, bajo el planteamiento de que son fraudes y un peligro para la salud pública.

No se ha de perder de vista que este tipo de leyes son la punta del iceberg de una propuesta social, política y económica mucho más amplia, de un replanteamiento de toda la sociedad occidental hacia un modelo de control social, donde la mayoría de seres humanos son observados como herramientas desechables dentro del mecanismo de producción mundial, seres mecánicos, programables y predecibles, al servicio de unos pocos programadores, robots sin alma.

Barcelona, 18 de enero del 2018.

Jordi Àlvarez Carniago es psicoterapeuta de orientación transpersonal, investigador, docente y conferenciante en temas de psicología, conciencia y espiritualidad.

Artículo publicado originalmente en la revista online Sentidos. Ver el original: https://dauescueladevida.blogspot.com.es/2018/02/revista-sentidos-febrero2018_14.html

 

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